Robertson Davies: el llanto en el bautizo, la risa en el entierro
Los rugidos del estómago pueden desoírse una vez, pero si insisten, hacen temblar el aplomo más perfecto. Los de Hector insistieron y Millicent McGuckin empezó a levantar las cejas y a hablar con inusitada claridad, como para hacerse oír al pasar un tren. La señorita Ternan se sonrojó un poco. El anciano doctor Moss se
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