¿Vuestras abuelas decían que la moda es como un saco de patatas que, cuando se llena, se abre por el otro lado y vuelta a empezar? Gaultier les diría que sí y no: la materia prima permanece, pero nada obliga a cocinarla siempre igual.
Simplificando un poco, podríamos considerar hitos de su trabajo dos prendas históricas como el corsé o la falda, pero intervenidos: un corsé reinventado y la falda concebida para que la vistan hombres. A primera vista, sus mujeres encorsetadas parecen caminar en sentido contrario a la liberación estética femenina de los sesenta y los setenta, pero el diseñador, claro, no lo entendía así sino como otra liberación, postfeminista, en el campo del aspecto.
Frente a la delgadez y la imagen preadolescente que se imponían como cánones de belleza en esas décadas, Jean Paul propuso una redefinición de la feminidad inspirándose, como él mismo ha reconocido alguna vez (y por eso empezábamos como empezábamos) en el armario de su abuela materna, Marie. Allí desempolvó corsés de principios de siglo y otros de los cuarenta, con cintura de avispa, y los reelaboró para que pudieran conceder atributos femeninos a quien carecía de ellos.

Corsés en la exposición “Jean Paul Gaultier: Universo de la moda. De la calle a las estrellas”. Fundación MAPFRE, 2012
Los encontramos desde sus inicios: en su primer desfile, correspondiente a la primavera-verano de 1977, presentó un corpiño negro con tachas, y en su célebre Le dadaisme, correspondiente a la primavera-verano de 1983, asoció esta prenda a los tótems primitivos africanos y a la fertilidad que simbolizaban. Llamó así la atención de Cindy Sherman, que se fotografió con un mono-pantalón-corsé de Gaultier, y de muchas cantantes que llevaron su ropa interior sobre los escenarios: Madonna, pero también Catherine Ringer, Arielle Dombasle o Kylie Minogue.
Quizá el hecho de haberse criado en un entorno de mujeres fuertes le ayudó a reinterpretar desde la ironía los signos de reclusión del cuerpo de la mujer. Si los miriñaques lo aprisionaban en el s. XIX, él, en 1989, diseño estrechísimos vestidos de satén que impedían a las modelos caminar con normalidad. Y su primer perfume, llamado Classique por sus ecos al pasado, tuvo forma, de nuevo, de corsé.
Pero hay más: dado que, también en el s. XIX, esa prenda se utilizaba para disimular las primeras redondeces del embarazo, él lo empleó, en 2000, para subrayar la plenitud de las embarazadas modernas.
Los ambientes de las películas publicitarias que Jean-Baptiste Mondino creaba para sus perfumes, desarrollando conceptos que escogía el modisto, hacían hincapié en las oposiciones estilísticas entre hombre y mujer y proporcionaban una visión elocuente de cómo Gaultier entendía esa dualidad. En estos vídeos, hombres y mujeres por igual seducen o se dejan seducir y toman o abandonan, alternativamente, el poder. Desde esa perspectiva, el corsé, lejos de ser un instrumento de tortura que aprisiona la anatomía femenina, encarna el poderío contemporáneo de la mujer; el modisto lo entiende, además, como contrapunto de la chaqueta masculina, descendiente lejana, en su opinión, de la armadura medieval.
«Creador inconformista busca modelos atípicas; caras raras no abstenerse»
Respecto a la falda masculina, la primera que el francés diseñó estaba construida como un pantalón: con perneras amplias cubiertas por un faldón en la parte delantera. Se asemejaba a los mandiles que los camareros llevan en muchas brasseries de París.
En realidad, antes de Gaultier (y de Montesinos), y fuera de Escocia, algunos hombres han vestido faldas a lo largo de la historia, como los samurais. El modisto cree que no hay tejidos más apropiados para uno u otro sexo, como muchas prendas tampoco lo son. En sus desfiles es frecuente ver a hombres fornidos llevando faldas con calcetines y botas contundentes, muy lejos del travestismo.

Faldas masculinas en la exposición “Jean Paul Gaultier: Universo de la moda. De la calle a las estrellas”. Fundación MAPFRE, 2012.
Su mensaje era, en realidad, muy universal: invitaba a vestir con autenticidad, a atreverse a ser uno mismo al margen de etiquetas, incluidas las de género.
Por eso a la delgadez opuso sensualidad, frente a modelos diáfanas y parecidas entre ellas, opta por subrayar las diferencias y organiza castings abiertos que completan la selección de las agencias. En alguna ocasión, incluso, ha publicado anuncios por palabras como este de Libération: Creador inconformista busca modelos atípicas; caras raras no abstenerse.
Maneja Gaultier un enfoque iconoclasta de la moda, determinante en toda su actividad creadora. Para su primera colección, la del 77 de la que hemos hablado, hizo una recuperación kitsch de manteles individuales de punto de cruz o de rafia y los convirtió en chalecos, paliando con imaginación la falta de medios del principiante. Era la prueba de que, ya desde que empezaba, no quiso hacerse un hueco en la pirámide de los grandes modistos recurriendo ni a las convenciones ni al éxito seguro: apostó por subrayar su individualidad, la misma que busca en sus modelos, y por la irreverencia.
Le gusta lo extraño, la anticipación, la ciencia ficción, los cómics y los materiales experimentales. Y es hijo de la televisión.