Lovecraft, entre el mito y la literatura fantástica

21/08/2015

  21/08/2015
Lovecraft en 1915

Lovecraft en 1915

Seguramente a muchos os recordaron la efeméride: un 20 de agosto, como ayer, de 1890, nació Lovecraft. Tanto su figura, como su obra y su grupo de seguidores, el llamado Círculo de Lovecraft, constituyen para muchos el culmen de la fusión moderna entre el mito y la literatura fantástica.

Nació en Providence (Rhode Island); su padre era un viajante, al parecer aficionado a las fiestas y las mujeres, que falleció en un psiquiátrico cuando él solo tenía ocho años, y su madre educó al futuro escritor en el recelo hacia el progenitor ausente y hacia lo masculino. También intentó inculcarle cierta desconfianza hacia lo americano, insistiéndole en que él procedía de nobles orígenes británicos. En tal ambiente, la fantasía fue su vía de escape y se sabe que, cuando contaba con cuatro años, Lovecraft ya leía en la biblioteca de su abuelo textos sobre religiones antiguas y ritos ancestrales y exóticos.

Sus pesadillas eran frecuentes, y también fructíferas: a los ocho añitos ya ideaba cuentos de terror y como adolescente se mostró fascinado por el s XVIII. Testimonios de su tiempo le definen como un joven huraño, pesimista y triste que creía en la maldad del hombre, en la imposibilidad de la redención y en ese mantra de que, en realidad, nadie ama a nadie.

Comenzó a publicar a los 27, y cuando tenía 31 años falleció su madre y, de paso, decayó la fortuna familiar, así que tuvo que ponerse a trabajar. “Solo” estaba entrenado en la escritura, así que apenas pudo escapar de la miseria, pero sí ganaba entonces lectores fieles con los que llegó a mantener correspondencia, y esos contactos parecieron animarlo, disipando algo sus pesadumbres.

Hizo amistades, viajó y en 1924 se casó con Sonia Greene, una mujer fuerte con la que se llevaba una década y con la que se estableció en Brooklyn. Pero el matrimonio duró unos tres años y la ruptura le condujo de nuevo a la amargura.

Falleció de cáncer en 1937 y el reconocimiento popular no llegó hasta treinta años después.

Ya sé para siempre que soy un extraño, extraño en este siglo y entre aquellos que todavía son hombres

A Lovecraft bien podría aplicársele aquel lema de “Disfruta tus contradicciones”: se definía como ateo sin fisuras, pero pocos como él plasmaron en sus obras su profundo sentimiento de los misterios del cosmos y su necesidad de un más allá. Hay quien ha interpretado Los mitos de Cthulhu como una religión disfrazada de ciencia; estética, pero llena de elementos terribles y sagrados. Su amor por la razón, su intento por controlar al máximo sus pensamientos, podría esconder un miedo profundo y quizá atávico a la locura.

El pasado le interesaba tanto como le horrorizaba y la muerte, y lo que ésta implica de incertidumbre y putrefacción, lo atraía y lo espantaba.

Si leéis el cuento El extraño, que el propio Lovecraft definió como una autobiografía simbólica, encontraréis una cita sin desperdicio para entender su personalidad: Ya sé para siempre que soy un extraño, extraño en este siglo y entre aquellos que todavía son hombres. Lo decía por sentirse atado al pasado, y por tanto solo y muerto en el presente, pero también por su convicción íntima y asumida de que él era un ser distinto al resto. Pese a ello, o puede que para confirmar esa creencia, anhelaba comunicarse.

Es complicado también encontrar coherencia en la combinación de su simpatía por los nacientes fascismos y sus aspiraciones pacifistas y humanitarias; quizá sea algo menos difícil hallarla en su aversión por el sexo (al parecer era incapaz de abordar el tema) y las referencias a relaciones incestuosas con sus ancestros presentes en algunas de sus obras.

Hablando de éstas, hay que subrayar que evocan una soledad cósmica o un apocalipsis plagado de horrores. Se las estudia en tres etapas: gótica, onírica y realista; la primera corresponde a su infancia y adolescencia, en las que escribe textos que recuerdan, por sus atmósferas, a Hawthorne y Poe; la segunda se identifica con su periodo de madurez, o al menos el posterior a los veintitantos, y con sus relatos publicados en vida. Poe le continuaba influyendo, pero también Lord Dunsany. Introduce el terror, ciudades exóticas, monstruos y bestias varios que tienen bocas verticales o mueren al ver la luz (ay, la luz). De este momento podemos recomendaros Celephais o Los gatos de Ulthar.

A su último periodo se lo llama realista por contraste con los otros dos, no por otra cosa, y se fecha entre la muerte de su absorbente madre y la formación del círculo de Lovecraft. Encontramos entonces cuantos materialistas de terror que rayan en la ciencia ficción, como Narraciones de Nueva Inglaterra y Los mitos de Cthultu; en las primeras navegó por el terror sin concesiones; en los segundos estructuró una religión ficticia con sus profetas, lugares místicos, hagiógrafos y peregrinaciones.

Y de las páginas de sus libros, y de los de su círculo, saltó Lovecraft a las letras de Metallica, Iron Maiden y un largo etcétera. Aquel extraño ya no lo es tanto.

 

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